lunes, 29 de junio de 2009

Yo siempre he deseado ser invisible. Invisible y poder atravesar las paredes, eso es lo que quiero. Seguro que podéis decirme...pues muérete, te conviertes en fantasma y todo eso lo tienes. Vale, muy bien, pero...¿cómo sabéis que los fantasmas atraviesan las paredes? ¿porque lo habéis visto en las pelis? no me sirve, yo quiero certezas, no hipótesis. Además, ahora mismo no tengo ganas de morirme, a lo mejor otro día.
Si para algo aprovecharía yo eso de la invisibilidad es para cerciorarme de que todos tenemos un lado oscuro. Nada de cotilleos, simple estadística. Estoy convencida de que guardamos secretos, nuestros o de otros, y que preferiríamos que un rinoceronte nos pateara los ovarios ( en el caso de los varones... poned vuestro atributo preferido) antes que desvelarlos a cualquiera.
Esa casta esposa que tilda de guarrada una felación, porque "eso" no lo hace una mujer decente, y sin embargo se imagina en los brazos sudorosos del carnicero cada vez que éste le corta los filetes. Ese hombre que pone de hoja perejil a las chavalas que van a una playa nudista y él se agazapa detrás de unos arbustos con unos prismáticos. Esa señora toda enjoyada, que presume de sus obras de caridad, y que no puede evitar tomar prestado algo sin pagarlo cada vez que va al corte inglés. Ese amantísimo esposo, que trabaja más horas que el reloj para que a su mujercita no le falte de nada, y que prueba la dureza de la mesa de su despacho martes y jueves con la secretaria, o con la amiga de la secretaria.
Es como atravesar el espejo de Alicia, una vez al otro lado actuamos como protagonistas de una vida que no consideramos la nuestra. Y de lo que estoy segura es de que el lado oscuro de algunos es pequeñito, ínfimo (por ejemplo, el mío, of course) pero el de otros es un inmenso cráter que crece a la par que el interesado cumple años.